Por María Noelia Iglesias Dosil
Mucho se habla y se debate sobre el rol de los periodistas en los tiempos que nos toca vivir. Una actualidad que nos sumerge en los más insólitos y recónditos caminos de la tv chatarra y sensacionalista, la carrera por el rating, la concentración de medios y las nuevas tecnologías. Todas estas cosas modifican la forma de hacer periodismo y de consumir noticias –porque el público ya no se informa sino que consume: noticias, programas, publicidades, opiniones; todo viene listo para el consumo masivo–.
Los periodistas de hoy no sólo tienen que saber escribir bien y tener una buena agenda llena de contactos importantes sino que, además, deben saber manejar las nuevas tecnologías a la perfección para no “quedarse afuera” y poder ser parte de un multimedio.
Pero en la carrera por ser mejores, audaces, atrevidos y eficientes, ¿qué valores son los que se dejan en el camino? ¿dónde quedan la ética y el respeto profesional? ¿cuál pasa a ser el valor de la información confiable y verdadera? ¿dónde queda la independencia de criterios para que una noticia no esté teñida de intereses?
Si, el rol del periodista cambió. Y mucho. Y las causas de esos cambios pueden ser variadas. Algunos las encuentran en los cambios económico-políticos que hicieron que los medios dejaran de ser “medios” –es decir, medios para informar, medios para conocer, medios para comunicar– para pasar a ser vendedores de productos de consumo masivo donde no existen diferencias de intereses y gustos. Otros, en las nuevas tecnologías que permiten que la tarea de los periodistas no se vea limitada a la máquina de escribir y el grabador o libreta de anotaciones, lo cual abre el campo de acción y permite cosas hasta hace poco tiempo insospechadas.
Quizás, la causa exacta, sea difícil de encontrar por la cantidad de actores involucrados que hay, todos con intereses de por medio. Sin embargo, lo importante es dar un lugar a la reflexión. No sólo reflexionar acerca del rol de los periodistas hoy sino, también, qué es lo que hacen las audiencias: ¿cómo responden a esos cambios? ¿qué consumen y por qué? ¿están conformes con la oferta mediática?
Hoy parece que “lo que vende”, “tiene éxito” y “es mejor” son los programas de más de 30 puntos de rating cuando, en realidad, muchas veces se comprueba que eso no es cierto. Es ahí donde la audiencia se convierte en una masa homogénea sin sentido de razonamiento que consume “lo que venga”. Pero, en realidad, se sabe que no existe una única audiencia sino que hay múltiples audiencias con múltiples gustos e intereses. Si es así, ¿por qué los productos no lo son? Lamentablemente las diferencias no son rentables.
En nuestro país, la cuestión va un poco más allá: no hay una ley “hecha y derecha” donde se contemplen todas estas cuestiones que atañen a la programación. Todavía hoy, con los grandes avances tecnológicos, estamos atrasados –años luz– en materia de legislación. Siendo esto así es esperable que las cosas sean como lo son hoy y es poco probable que cambien para mejor.
Mejorar la calidad de programación no sólo depende del tipo de trabajo que realicen periodistas y gente de medios sino que también dependerá de que se pueda llegar a crear una buena ley que ampare a las audiencias para que estás tengan derecho a elegir. Parece una utopía irrealizable. A lo mejor, algún día, los intereses de las mayorías pueden primar sobre los de una poderosa minoría.
El 17 de mayo último se festejó el
Ojalá que cada vez sea más la gente que pueda estar, como dice la página web oficial del día, “a un clic del mundo”, no sólo por las bondades de Internet en cuanto a acortador de distancias –si se lo piensa como herramienta para mejorar las comunicaciones– o como fuente de información, sino porque eso quizás signifique que todas las necesidades básicas –educación, salud, alimentación– de la población mundial fueron satisfechas.


